Reseña: El viejo muere, la niña vive, de Julián Ibáñez

elviejomuerelaniñaviveEn estos días donde tratan de colarnos productos que no son novelas negras como lo mejor que ha aparecido en años, corremos el riesgo de pasar por alto esas pequeñas joyas del género que surgen de vez en cuando. El viejo muere, la niña vive (Cuadernos del Laberinto, 2014), de Julián Ibáñez, es uno de esos diamantes al rojo vivo.

El gran hallazgo de este libro es Bellón, su protagonista indiscutible. Un tipo bragado que a quien en las primeras páginas expulsa de casa la puta a la que chulea, que tiene que vivir en una pensión de mala muerte, que saca el dinero de los sitios más insospechados: portero de burdel, guardaespaldas en timbas ilegales, camello de drogas naturales, cobrador de deudas y hasta de prostituto… Durante las escasas 240 páginas le vemos robar coches, atracar a un enviado del banco, meterse en peleas de perros, colocar mercancía o robar en una casa. Y es ahí, en ese chalet con las ventanas abiertas, donde ve algo que le complicará mucho la vida.

Cada capítulo es una pequeña lección de picaresca actual: cómo robar a un gay, cómo ocultar un arma, cómo incriminar a un poli corrupto, cómo sobrevivir a un interrogatorio, cómo encontrar droga, dosificarla y venderla. Bellón es un superviviente que se va sacando billetes para ir tirando. Algunos pequeños, otros grandes de 50, pero no le compran: se lo tiene que ganar. Da igual si debe follarse a una casada aburrida o inventarse historias para venderle a Azucena, la poli para la que trabaja de confidente.

Como el lector se habrá percatado, estamos ante una crook story, una historia de delincuentes pura y dura. Bellón va más allá del antihéroe para convertirse durante muchos pasajes en un auténtico criminal que bien podría ser el malo de cualquier otra novela.

La prosa de Ibáñez es cuidada, directa, brutal en ocasiones, con un toque de desencanto que va puliendo a sus personajes. Contada en primera persona, Bellón no habla mucho, tarda en contestar cuando le preguntan, nunca mira a los ojos cuando resuelve un negocio en la barra de un bar, saca sus propias conclusiones, sean erróneas o no, y trata de seguir vivo un día más con los conocimientos que le ha dado la calle.

Para quien esto firma, ha sido una gozada adentrarme de nuevo en los rincones más oscuros de Julián Ibáñez, al igual que esa otra maravilla titulada La miel y el cuchillo. Una novela para leer sin prisa, saboreando cada uno de sus cortos capítulos y deseando que no se termine, que Bellón siga ahí una página más. De momento, lo mejor que he leído este año y parte del pasado, y eso que no sale ningún viejo ni ninguna niña.

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