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Reseña: Gatas Salvajes, de Julián Ibáñez

gatas_salvajesLa serie de Bellón llega a su tercera entrega sin un ápice de cansancio. Tras “El viejo muere, la niña vive” y “Todas las mujeres son peligrosas”, ambas editadas por Cuadernos del Laberinto y reseñadas en esta web, llega “Gatas salvajes” para disfrutar de las desventuras de su carismático protagonista.

Bellón sigue siendo un buscavidas. Ahora trabaja un par de días por semana en un polígono de Madrid vigilando que nadie se pase con las prostitutas. Normalmente no hay problema. La mayoría de los clientes son padres de familia que no quieren lío. Las chicas colocan plásticos en la acera y se dedican a poner el culo y a desgastar el asfalto. Un buen trabajo que le da un par de billetes para pagar la pensión.

El resto de días Bellón tiene que buscarse la vida. Tal vez encuentre trabajo echando a morosos de sus casas, o vigilando a un tipo, o simplemente actuando como soplón para Azucena, la policía lesbiana que le paga por sus mentiras aunque no se cree ninguna.

Todo cambia cuando, sin que él mismo lo sepa, se enamora de una prostituta rumana de 18 años. Ansioso por sorprenderla, decide hacerle de chófer hasta Mataporquera, un pueblo perdido en la zona de Burgos donde se ubican las ruinas de un prostíbulo enorme: el Gatas Salvajes. A partir de ahí, su rutina se romperá en mil pedazos y comenzará una loca carrera cuesta abajo y sin frenos.

Julián Ibáñez sigue siendo imparable. Cuenta como nadie esa vida de extrarradio, de perdedores con orgullo, de amor en la cuerda floja. Sus diálogos son de una maestría sorprendente. Cada palabra que suelta Bellón es para acabar con la conversación, al igual que las respuestas que le dan a él. Gruñidos, insultos, silencios largos. Todo eso forma parte del sonido de la calle. En un momento dado es capaz de definir la infancia de su personaje con apenas tres líneas:

—Yo no tengo perro, ni gato… Nunca los he tenido.

—¿Ni cuándo eras niño?

—Ni cuando era niño. Ni un pájaro. Bueno, recuerdo que un vecino, yo debía tener como cinco o seis años, tenía un pájaro en una jaula.

—¿Un canario?

—¿Un canario? No sé, puede ser. Me acuerdo de la jaula, no del pájaro. Era como uno de esos templos chinos, la jaula digo, o de por ahí.

—¿Cantaba?

—¿El pájaro? No lo sé. Si lo hizo fue cuando yo no estaba.

Los lectores de esta saga estamos de enhorabuena, porque se han anunciado varios libros más de Bellón, hasta un total de nueve (de momento). En algunos casos son reediciones de obras antiguas de Ibáñez, pero como él mismo ha apuntado en alguna ocasión, siempre ha escrito la historia del mismo individuo, aunque le vaya cambiando de nombre. Los que tenemos la suerte de haber leído “La miel y el cuchillo” o “Entre trago y trago” no podemos más que darle la razón y esperar, eso sí, que continúe escribiendo nuevas desventuras de Bellón en los próximos años.

Reseña: Yo fui Johnny Thunders, de Carlos Zanón

yo_fui_johnny_thundersLa novela negra está dando grandes alegrías a los aficionados al género. Por un lado tenemos a grandes autores que cuentan historias clásicas con un más que logrado lavado de cara. Y por otro están surgiendo escritores capaces de reinventar el género, de sacarle las costuras y crear algo completamente diferente y a la vez muy personal, alejado de convencionalismos y que brilla con fuerza propia. Es en esta segunda categoría donde encaja Carlos Zanón.

Yo fui Johnny Thunders narra la historia del barrio, ese que todos conocemos y del que la mayoría tratamos de huir, de cómo se transformó y cómo transformó a las personas. En esta novela negra no importan los asesinatos (que los hay), de golpes maestros (algo hay también), de drogas (muchas), sino las víctimas. Hablo de personas con una bagaje vital a cuestas, con un pasado atroz, capaces de levantarse un día más para buscar la felicidad por más que se pongan la zancadilla a sí mismos. Ahí tenemos al Francis, Mr. Frankie, quien lo tuvo todo en un segundo y a la misma velocidad lo perdió. O a su hermanastra Marisol, violada en su adolescencia por el Paco, el padre de Francis. O a los amigos del barrio, delincuentes de poca monta con problemas mentales.

Por tanto, es una historia de personajes, de vivencias en primera persona, de viejas cicatrices que aún escuecen. Asistiremos al renacer de Francis bajo la alargada sombra de Mr. Frankie, aunque el viaje no será sencillo. Cuando el mejor consejo que te pueden dar en esta vida viene de labios de tu camello, algo está fallando.

Como decía al principio, se trata de una novela negra muy personal y llena de matices. Huele a pasado, a nostalgia mal llevada, pero sobre todo a realidad. La recreación que hace Zanón de sus personajes es soberbia y llegamos a comprender el caos mental de Francis, o las justificaciones demenciales de Paco. Marisol es un personaje de tres dimensiones reales, palpables, todo un regalo para el lector que, esperemos, tenga continuidad en próximas entregas.

La prosa de Zanón es detallista y evocadora, capaz de ser extrema y mostrar las cosas crudas cuando lo necesita. El primer capítulo, que sirve de prólogo, quizá sea lo más brutal que he leído en mucho tiempo. Y no hay asesinato, solo gente siendo gente. Tan normal y salvaje.

Una novela que no os podéis perder, os guste el género negro o no. Para quien le sirva de guía, viene abalada por un buen puñado de premios, desde el Pata Negra que otorga la Universidad de Salamanca, o el Novelpol otorgado cada año a la Mejor Novela Negra. Es habitual encontrar a Zanón entre los finalistas de este tipo de certámenes, como el Hammett de este año.

Como os digo, un autor al que seguir de cerca.

Reseña: Todas las mujeres son peligrosas, de Julián Ibáñez

Todas_las_mujeres_son_peligrosasPara los buenos aficionados a la novela negra, el tiempo se detiene cuando Julián Ibáñez saca nueva novela. Por eso, Todas las mujeres son peligrosas (Cuadernos del Laberinto, 2015) se hizo un hueco en mi mesita de noche según salió a la venta. Porque, como dice Carlos Zanón en la contraportada, Ibáñez es el mejor.

A sus 75 años sigue demostrando que está en plena forma y pocos escritores vivos le igualan. Además, vuelve con un personaje hipnótico, Bellón, quien ya nos deslumbró en El viejo muere, la niña vive (Cuadernos del Laberinto, 2014).

En esta ocasión, el buscavidas de Bellón trabaja de encargado de seguridad de un club de postín, “donde los jugadores piden cartas y empujan los billetes acariciando la cabeza de una chica debajo de la mesa”. El problema surge cuando agreden a una prostituta y Bellón pierde su puesto. A partir de ahí comenzará una búsqueda callejera por el extrarradio de un Madrid deprimido e inclemente. Al igual que en su anterior novela, acompañaremos a Bellón mientras intenta resolver el misterio, al mismo tiempo que trata de obtener un par de billetes con los que tomarse una cerveza en el Menta y Canela, su bar de siempre. Porque a Bellón lo han echado de casa y ahora duerme en un Renault prestado que algún día tendrá que devolver.

Así, lo veremos robar perros para entrenar a pitbulls en peleas clandestinas, o proporcionar protección a chaperos, o acompañar a putas borrachas a casa cuidando de que no le meen encima y, por supuesto, actuar de chivato para Azucena, la policía que se traga todas las mentiras que le suelta Bellón cuando no tiene nada que contarle. Sin embargo, quizá esta vez se haya topado con un problema que le viene grande ya que “la muerte sigue esperando que la saquen a bailar”.

La prosa de Ibáñez nos sumerge en la mente de Bellón, un tipo gris que se mimetiza con el asfalto, solo una cara más en la que nadie se fija y que solo quiere un par de billetes al día, solo eso, para poder seguir soñando con Saritos, la inalcanzable propietaria del burdel Queen´s.

“Era guapa. Solo guapa, no bella, de rasgos un poco duros sin maquillar, podía traducirse por entereza, por saber estar, una mujer de una pieza, con un carácter rocoso formando una gruesa capa debajo de la cual, sin ninguna razón, yo adivinaba ternura”.

Un autor imprescindible y un personaje inolvidable. No se puede pedir más a una novela. Una vez leída, solo nos queda esperar a que Ibáñez nos regale más historias de Bellón en su deambular sin rumbo por un mundo que poco le importa.

Reseña: Las flores no sangran, de Alexis Ravelo

las-flores-no-sangranDecíamos ayer que Alexis Ravelo venía pisando con fuerza en el género negro. Si con La última tumba (EDAF, 2013) se alzó con el Premio Ciudad de Getafe de Novela Negra, con La estrategia del pequinés (Alrevés, 2013) ganó el prestigioso Premio Hammett que otorga la Semana Negra de Gijón. Ahora, ese desconocido escritor se ha convertido en referente y sus novelas son esperadas con entusiasmo por mucha gente, entre la que me incluyo.

Con Las flores no sangran (Alrevés, 2015) retomamos al Ravelo del pequinés, en una obra coral, con grupos de criminales y delitos imposibles. Ambientada en esa Gran Canaria que tan bien conoce, nos narra la preparación, desarrollo y desenlace de un secuestro exprés, tal y como dice la sinopsis de contraportada, “el delito más idiota que se puede cometer en una isla”. Más estúpido todavía si quienes lo idean son unos rateros de poca monta acostumbrados a timos rápidos y tirones a viejas. Y mucho más peligroso si a quien secuestran es a la hija de un testaferro de la mafia con los medios necesarios para plantarles cara.

Bajo esta premisa Ravelo desarrolla una obra con muchos matices. El más destacable es la humanidad de todos los personajes. Aquí no hay buenos y malos. Es una partida de ajedrez donde cuentan más los errores que los aciertos. El lector llega a sentir simpatía por los “malos”, sufrir por los “buenos”, y al final darse cuenta de que todo es una escala de grises donde cada cual juzgará a qué bando apoya. Desde la primera página ya se nos avisa que no todos los personajes llegarán con vida al final del libro. Lo que no sabes es la cantidad de muertos que habrá, ni cuando caerán, por qué razón o por qué mano. Aquí Ravelo se muestra como un buen trilero, mostrando las cartas pero sorprendiendo en sus giros. Siguiendo con la parábola del ajedrez, en esta partida el autor sacrifica a la reina y a los dos alfiles solo para hace un jaque suicida. Y, sinceramente, es una jugada divertidísima.

Algo que a estas alturas no deberían sorprender al lector habitual de Ravelo, pero que aún así a mí me sigue fascinando, es su increíble pulso narrativo. Esta novela está diseñada para leerse al ritmo que le lector pida. Ravelo no usa trucos baratos para dar dinamismo a su historia. Habrá quien la lea de forma pausada y quien la devore en dos sentadas. Y eso es magia, amigos. A destacar también la cuidada edición de Alrevés, quien cada vez mima más los lanzamientos.

Una excelente novela de Alexis Ravelo, ideal para quienes no lo hayan descubierto todavía y se quieran iniciar, e imprescindible para aquellos que ya lo conozcan. Una vez llegada a la última página uno se pregunta dónde está el límite de este autor. Lo importante es que tenemos a un excelente narrador en las filas de la novela negra y que aún tiene muchas batallas que contar.

Reseña: El diablo en cada esquina, de Jordi Ledesma

eldiabloencadaesquinaaltaConocí a Jordi Ledesma cuando quedó finalista del Premio Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón (otorgado a la primera novela negra publicada). Leí Narcolepsia (Alrevés Editorial, 2012) hipnotizado ante su personaje principal, un chaval normal y corriente que se sumerge en el crimen organizado hasta el punto de convertirse en el nuevo rey. En cada página pasaban muchas, muchas cosas. De hecho, era casi un manual sobre cómo cometer cualquier delito imaginable, desde tráfico a distribución de droga, de ajustes de cuentas a ocultación de testigos. Particularmente, no me parecía estar leyendo la primera novela de nadie, sino un enorme libro producido por un veterano periodista de investigación o por un comisario retirado.  Llegó a ser publicada en México por Ediciones B, un país que conoce a la perfección el tema de la cocaína, lo que habla muy bien de la documentación excelente de la novela.

Tres años después nos llega el segundo trabajo de Ledesma, El diablo en cada esquina, de nuevo con la editorial Alrevés. En ella nos volvemos a encontrar con el mismo autor sólido de Narcolepsia. Sin embargo, notamos una evolución. En esta nueva obra no hay respiro para el lector. Mientras en Narcolepsia había momentos de relax en casas de putas de lujo o en mitad de los montes magrebíes, aquí todo deja paso a la acción sin tregua. Si hay un momento de pausa es previo a una explosión de violencia desmedida.

En sus apenas 200 páginas caben multitud de personajes, de tramas que se entrecruzan y sobre todo de ese realismo salvaje con el que Ledesma nos hipnotiza. En una escena, un sicario le está dando una paliza a un desgraciado, y dice: “Aguantar el retroceso de la cabeza evita el riesgo de desnucarlo, pero hace que el puñetazo sea mucho más duro”. Uno, que básicamente se nutre de novelas negras, se pregunta con qué clase de gente habrá hablado el autor para documentarse. Y es solo un ejemplo: la novela está plagada de detalles así.

La prosa de Ledesma es pulcra, directa, eficaz y sugerente. La obra no se detiene en temas superfluos y va directa al grano. A destacar la ambientación que consigue con apenas un par de brochazos: “Santi ha crecido en la periferia de una ciudad insana, enferma, cuyo centro ofrece a sus visitantes mamadas indiscretas, a diez euros, en esquinas impregnadas de vómito y orín. Y alojamiento público en banco o cajero, sobre cartón, con una garrafa vacía de almohada. Una ciudad que propone asalto y tirón para pagar el speedball”. Y esa es la parte luminosa de Barcelona.

De la trama no contaré demasiado. Como he dicho, son apenas 200 páginas que se pasan volando y adelantar algo sería hacerle un flaco favor al lector. Solo diré que aparecen policías corruptos, delincuentes de baja y alta alcurnia, mercenarios, armas, prostitutas, ladrones y hasta un “monstruo” capaz de hacer un “Diablo Ex Machina” espectacular. Una historia que pide a gritos ser llevada al cine y que, al menos para quien suscribe, convierte a Jordi Ledesma en un autor de referencia.

Reseña: Las cuatro torres, de Leandro Pérez

lascuatrotorresCuando se ha leído mucha, quizá demasiada, novela negra, esta pierde parte de su fuerza. Salvo apariciones esporádicas de genios como Víctor del Árbol o Alexis Ravelo, capaces de reformular los paradigmas del género, no suelen surgir grandes obras que sorprendan y entusiasmen. Al final, el lector cansado de bestsellers del montón o de la enésima trilogía “a lo Larsson” termina refugiándose en los clásicos con la certeza de que Andreu Martín o Julián Ibáñez nunca decepcionan. Por ello, entre tanta paja y sucedáneos baratos, sorprende y alegra encontrarse con novelas como la que a continuación les presentamos: Las cuatro torres (Planeta, 2014).

Leandro Pérez no ha reinventado el noir, pero ha hecho algo más difícil en estos tiempos: escribir una buena novela. Así, sin más. Ha sabido usar a la perfección los resortes del género para crear una obra sólida, coherente y honesta. Que el lector no espere grandes giros inesperados e inverosímiles, ni absurdas muestras de heroicidad suicida. Esta es una novela canónica pero muy, muy bien construida.

El argumento de Las cuatro torres es ambicioso: un detective es contratado para descubrir quién es el topo que filtra informaciones a la prensa en el Madrid de Mourinho. A partir de ahí se urde una trama de secretos, maletines y mucho dinero sucio. No es nada fácil incorporar personajes reales a un libro, pero Leandro Pérez pasa la prueba con nota. De hecho, es uno de los grandes aciertos de la novela. Las referencias a Cristiano Ronaldo, Florentino, Casillas e incluso Pérez Reverte dotan a la historia de un toque fresco y divertido.

Decía al principio que es una agradable sorpresa encontrar autores sinceros con el género y sus lectores. Leandro Pérez es uno de ellos. Y lo mejor de todo es que esta novela no es sino la punta del iceberg. Al llegar a su última página uno no puede sino sentir que ha leído el comienzo de algo más grande. Algo que, seguro, dará mucho que hablar en los próximos años. Porque, más allá de un potente argumento muy bien llevado, nos encontramos con un personaje de una fuerza impresionante: Juan Torca, la perfecta mezcla entre detective y mercenario. No puedo sino envidiar a quienes vayan a conocer a este personaje por primera vez, su historia y su grupo de compadres.

Se dice que este libro es el debut de Leandro Pérez. Yo no lo creo. Si me dejan apostar, diría que es la primera que publica, pero no la primera que escribe. Y, por favor, que no sea la última. Juan Torca tiene mucha vida (literaria) por delante. Los lectores necesitamos oasis así para saciar nuestra sed de buen género negro.

Reseña: Prótesis, de Andreu Martin

ProtesisÚltima reseña dedicada a la obra primigenia y olvidada de Andreu Martín.

En las anteriores entregas os he hablado de esas novelas menos conocidas (y lamentablemente inencontrables) del genio de Barcelona: El día menos pensado, A martillazos, El que persigue al ladrón/Lo que más quieras y El caballo y el mono. Dejadme terminar con un libro que sigue siendo desconocido para mucha gente: Prótesis. Quizá, una de las obras magnas de la patria, dentro y fuera del género negro. Y, por suerte para ti, amigo lector, bastante más sencilla de encontrar en librerías.

No puedo ni imaginar la patada en la cara que supuso la salida de Prótesis en 1980. Nadie había escrito nada parecido con anterioridad. En otros formatos, como el cómic y el cine, no había nada que se pareciera. Tendrían que venir Alan Moore o Tarantino para darle otra óptica a lo que ya todos sabíamos. Algo así sucede con Prótesis: todavía no se ha superado. Algunas obras pueden llegar a igualarla, pero no he leído aún nada que le haga sombra. Y han pasado casi 35 años.

En efecto: para mí es obra maestra.

¿De qué trata? Un tipo sale de la cárcel dispuesto a vengarse del policía que lo detuvo y que le rompió todos los dientes. A partir de aquí se desarrolla una historia hipnótica, cruda e hiperviolenta con un toque western. Porque, resumiendo mucho, estamos hablando de un duelo entre dos tipos en medio de la calle. Por un lado, el delincuente de poca monta, obsesivo, que organiza a un grupo para atracar el furgón blindado donde trabaja el ahora expolicía. Y ese expolicía, que no busca otra cosa que sentirse vivo, recuperar las sensaciones brutales de juventud. O esa estríper, la que tiene la última palabra, la única que sabe cómo termina esta historia.

Un Andreu Martín desatado, en estado de gracia, con las musas dándole un beso de tornillo en cada párrafo.

Una obra que lleva influyendo en la novela negra desde hace años. En su momento se adaptó al cine con mucha libertad por Vicente Aranda bajo el título de Fanny Pelopaja, y también ha dado nombre a una de las revistas más prestigiosas del género negro en España dirigida por David Panadero.

Antes lo he dicho y ahora lo repito: Prótesis es una obra maestra. No voy a entrar más en la trama para no desvelar sorpresas a aquellos afortunados (os odio) que vayan a leerla por primera vez…

Vais a descubrir una joya impresionante.

Reseña: El caballo y el mono, de Andreu Martín

elcaballoyelmonoCuarta y penúltima reseña dedicada a la obra más desconocida y reivindicable de Andreu Martín. Un maestro del género negro con multitud de novelas policiacas para quitarse el sombrero. En esta ocasión os presento otro de esos libros brutales, sorprendentes y prácticamente inencontrable: El caballo y el mono.

El caballo y el mono es inclasificable. Al llegar a sus últimas páginas, uno no sabe si lo que ha leído es una maravilla o un experimento. Por tanto, lo mejor es ponernos sobre precedentes.

Se trata de un libro publicado en 1984. En aquella época estaba en su máximo apogeo un problema nuevo para España: la drogadicción desmedida. La heroína se cargó a toda una generación. Echad un ojo a las películas (e incluso a la biografía) del director de cine Eloy de la Iglesia. Hoy día ya sabemos las trabas que conllevan las drogas, pero en aquella época se desconocía cuáles eran sus límites. Martín juega con la semiótica propia de camellos, monos, caballo, chocolate, etc… Es complicado crear algo de la nada, sin apenas referentes, con las noticias sucediéndose en los telediarios con el handicap de la alarma social que enturbia aún más el horizonte. No, no era fácil escribir (ni publicar) una novela de este tipo en esos tiempos.

En El caballo y el mono asistimos a un acercamiento de su autor hacia el problema de las adicciones. Nadie dijo que fuera sencillo. Aún así, esta novela tiene las descripciones más acertadas y sinceras del mono, es decir, el síndrome de abstinencia. A través de los ojos de un convicto capaz de poner el culo por una dosis en la cárcel asistimos a un descenso a los infiernos de la drogadicción sin paliativos, sin edulcorantes, sin censura. Solo su abogada, que inicia una relación romántica con él, cree que puede salvarse. No cuenta, claro, con aquellos que lo quieren muerto, esos mismos matones que lo perseguirán hasta el pueblo más perdido de Barcelona y no dudarán en tirar de gatillo para acabar con él. A destacar la escena final, sobrecogedora y demencial, digna del mejor John Carpenter: fuego, asesinos, droga y una víctima convertida en heroína en topless.

Una novela valiente, pionera en su contenido, que nos narra una historia de amor taleguero, de adicción y autodestrucción, de promesas vacías y futuros muertos. La droga convierte a la gente en peligrosa, y Andreu Martín lo demuestra en esta honesta obra.

Reseña: El viejo muere, la niña vive, de Julián Ibáñez

elviejomuerelaniñaviveEn estos días donde tratan de colarnos productos que no son novelas negras como lo mejor que ha aparecido en años, corremos el riesgo de pasar por alto esas pequeñas joyas del género que surgen de vez en cuando. El viejo muere, la niña vive (Cuadernos del Laberinto, 2014), de Julián Ibáñez, es uno de esos diamantes al rojo vivo.

El gran hallazgo de este libro es Bellón, su protagonista indiscutible. Un tipo bragado que a quien en las primeras páginas expulsa de casa la puta a la que chulea, que tiene que vivir en una pensión de mala muerte, que saca el dinero de los sitios más insospechados: portero de burdel, guardaespaldas en timbas ilegales, camello de drogas naturales, cobrador de deudas y hasta de prostituto… Durante las escasas 240 páginas le vemos robar coches, atracar a un enviado del banco, meterse en peleas de perros, colocar mercancía o robar en una casa. Y es ahí, en ese chalet con las ventanas abiertas, donde ve algo que le complicará mucho la vida.

Cada capítulo es una pequeña lección de picaresca actual: cómo robar a un gay, cómo ocultar un arma, cómo incriminar a un poli corrupto, cómo sobrevivir a un interrogatorio, cómo encontrar droga, dosificarla y venderla. Bellón es un superviviente que se va sacando billetes para ir tirando. Algunos pequeños, otros grandes de 50, pero no le compran: se lo tiene que ganar. Da igual si debe follarse a una casada aburrida o inventarse historias para venderle a Azucena, la poli para la que trabaja de confidente.

Como el lector se habrá percatado, estamos ante una crook story, una historia de delincuentes pura y dura. Bellón va más allá del antihéroe para convertirse durante muchos pasajes en un auténtico criminal que bien podría ser el malo de cualquier otra novela.

La prosa de Ibáñez es cuidada, directa, brutal en ocasiones, con un toque de desencanto que va puliendo a sus personajes. Contada en primera persona, Bellón no habla mucho, tarda en contestar cuando le preguntan, nunca mira a los ojos cuando resuelve un negocio en la barra de un bar, saca sus propias conclusiones, sean erróneas o no, y trata de seguir vivo un día más con los conocimientos que le ha dado la calle.

Para quien esto firma, ha sido una gozada adentrarme de nuevo en los rincones más oscuros de Julián Ibáñez, al igual que esa otra maravilla titulada La miel y el cuchillo. Una novela para leer sin prisa, saboreando cada uno de sus cortos capítulos y deseando que no se termine, que Bellón siga ahí una página más. De momento, lo mejor que he leído este año y parte del pasado, y eso que no sale ningún viejo ni ninguna niña.

Reseña: La tristeza del Samurái, de Víctor del Árbol

LA TRISTEZA DEL SAMURAITengo un amigo que trabaja de vigilante de seguridad en una discoteca. Su jornada es de diez de la noche a 8 de la mañana. Una vez le pregunté cómo aguantaba despierto tantas horas. Me dijo que el truco para no dormir es tener miedo o estar cabreado. Así el cuerpo no se relaja y el sueño no llega.

Ira y terror. La combinación de los insomnes. Quizá por eso apenas pude pegar ojo mientras leía La tristeza del Samurái (Alrevés, 2011), la excelente novela de Víctor del Árbol.

Es un libro que se basa en dos premisas. La primera es que la vida es muy larga. De niño a adulto hay muchos cambios. El hijo de una familia humilde nacido en la primera década del siglo XX puede ser un cabrón integral a mediados de los 40, y llegar a diputado en los 80. O el hijo de un maestro de provincias se puede convertir en policía. La vida da muchas vueltas, y seguirá dándolas una vez mueran todos.

La segunda hipótesis que propone esta novela es que la vida, además, puede ser muy puta. Pero muy, muy hija de puta. Un marido puede condenar a muerte a su esposa, o mandar a su hijo diez años a un gulag, o secuestrar a una adolescente, o mandar a un inocente a la cárcel. Víctor del Árbol es inmisericorde con sus personajes. Llegas a cabrearte de verdad con lo que les ocurre, y sientes su dolor como propio.

La historia posee la fuerza suficiente para valerse por sí misma, pero quizá el punto fuerte es la forma de presentarla. El concepto de “novela coral” toma una nueva dimensión en este libro. Comenzando por un prefacio que nos cuenta el final último de la novela, el autor salta de una época a otra, presentando personajes en aparente desorden, pero en realidad se trata de un caos muy medido. Así, mostrando pequeñas piezas del puzle, el lector se va formando una idea del conjunto, y no es hasta bien avanzada la narración cuando puede ver el cuadro completo tras haber disfrutado de los detalles.

La tristeza del samurái es una novela ambiciosa que trasciende al centrarse en el dolor de las personas, no en la magnificencia de los hechos acontecidos. Así, una ejecución en una cantera desemboca en un incendio en un manicomio y en el golpe de estado del 23F. Pero esa epopeya queda empequeñecida por el retrato minucioso de cada uno de sus protagonistas, que van entrando y saliendo de la narración y que son los que realmente marcan la diferencia.

Superventas en Francia, traducido a varios idiomas, recomendado por María Dueñas. No pierdan de vista a Víctor del Árbol, que promete emociones duras en cada nueva novela.