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Reseña: Gatas Salvajes, de Julián Ibáñez

gatas_salvajesLa serie de Bellón llega a su tercera entrega sin un ápice de cansancio. Tras “El viejo muere, la niña vive” y “Todas las mujeres son peligrosas”, ambas editadas por Cuadernos del Laberinto y reseñadas en esta web, llega “Gatas salvajes” para disfrutar de las desventuras de su carismático protagonista.

Bellón sigue siendo un buscavidas. Ahora trabaja un par de días por semana en un polígono de Madrid vigilando que nadie se pase con las prostitutas. Normalmente no hay problema. La mayoría de los clientes son padres de familia que no quieren lío. Las chicas colocan plásticos en la acera y se dedican a poner el culo y a desgastar el asfalto. Un buen trabajo que le da un par de billetes para pagar la pensión.

El resto de días Bellón tiene que buscarse la vida. Tal vez encuentre trabajo echando a morosos de sus casas, o vigilando a un tipo, o simplemente actuando como soplón para Azucena, la policía lesbiana que le paga por sus mentiras aunque no se cree ninguna.

Todo cambia cuando, sin que él mismo lo sepa, se enamora de una prostituta rumana de 18 años. Ansioso por sorprenderla, decide hacerle de chófer hasta Mataporquera, un pueblo perdido en la zona de Burgos donde se ubican las ruinas de un prostíbulo enorme: el Gatas Salvajes. A partir de ahí, su rutina se romperá en mil pedazos y comenzará una loca carrera cuesta abajo y sin frenos.

Julián Ibáñez sigue siendo imparable. Cuenta como nadie esa vida de extrarradio, de perdedores con orgullo, de amor en la cuerda floja. Sus diálogos son de una maestría sorprendente. Cada palabra que suelta Bellón es para acabar con la conversación, al igual que las respuestas que le dan a él. Gruñidos, insultos, silencios largos. Todo eso forma parte del sonido de la calle. En un momento dado es capaz de definir la infancia de su personaje con apenas tres líneas:

—Yo no tengo perro, ni gato… Nunca los he tenido.

—¿Ni cuándo eras niño?

—Ni cuando era niño. Ni un pájaro. Bueno, recuerdo que un vecino, yo debía tener como cinco o seis años, tenía un pájaro en una jaula.

—¿Un canario?

—¿Un canario? No sé, puede ser. Me acuerdo de la jaula, no del pájaro. Era como uno de esos templos chinos, la jaula digo, o de por ahí.

—¿Cantaba?

—¿El pájaro? No lo sé. Si lo hizo fue cuando yo no estaba.

Los lectores de esta saga estamos de enhorabuena, porque se han anunciado varios libros más de Bellón, hasta un total de nueve (de momento). En algunos casos son reediciones de obras antiguas de Ibáñez, pero como él mismo ha apuntado en alguna ocasión, siempre ha escrito la historia del mismo individuo, aunque le vaya cambiando de nombre. Los que tenemos la suerte de haber leído “La miel y el cuchillo” o “Entre trago y trago” no podemos más que darle la razón y esperar, eso sí, que continúe escribiendo nuevas desventuras de Bellón en los próximos años.

Reseña: El viejo muere, la niña vive, de Julián Ibáñez

elviejomuerelaniñaviveEn estos días donde tratan de colarnos productos que no son novelas negras como lo mejor que ha aparecido en años, corremos el riesgo de pasar por alto esas pequeñas joyas del género que surgen de vez en cuando. El viejo muere, la niña vive (Cuadernos del Laberinto, 2014), de Julián Ibáñez, es uno de esos diamantes al rojo vivo.

El gran hallazgo de este libro es Bellón, su protagonista indiscutible. Un tipo bragado que a quien en las primeras páginas expulsa de casa la puta a la que chulea, que tiene que vivir en una pensión de mala muerte, que saca el dinero de los sitios más insospechados: portero de burdel, guardaespaldas en timbas ilegales, camello de drogas naturales, cobrador de deudas y hasta de prostituto… Durante las escasas 240 páginas le vemos robar coches, atracar a un enviado del banco, meterse en peleas de perros, colocar mercancía o robar en una casa. Y es ahí, en ese chalet con las ventanas abiertas, donde ve algo que le complicará mucho la vida.

Cada capítulo es una pequeña lección de picaresca actual: cómo robar a un gay, cómo ocultar un arma, cómo incriminar a un poli corrupto, cómo sobrevivir a un interrogatorio, cómo encontrar droga, dosificarla y venderla. Bellón es un superviviente que se va sacando billetes para ir tirando. Algunos pequeños, otros grandes de 50, pero no le compran: se lo tiene que ganar. Da igual si debe follarse a una casada aburrida o inventarse historias para venderle a Azucena, la poli para la que trabaja de confidente.

Como el lector se habrá percatado, estamos ante una crook story, una historia de delincuentes pura y dura. Bellón va más allá del antihéroe para convertirse durante muchos pasajes en un auténtico criminal que bien podría ser el malo de cualquier otra novela.

La prosa de Ibáñez es cuidada, directa, brutal en ocasiones, con un toque de desencanto que va puliendo a sus personajes. Contada en primera persona, Bellón no habla mucho, tarda en contestar cuando le preguntan, nunca mira a los ojos cuando resuelve un negocio en la barra de un bar, saca sus propias conclusiones, sean erróneas o no, y trata de seguir vivo un día más con los conocimientos que le ha dado la calle.

Para quien esto firma, ha sido una gozada adentrarme de nuevo en los rincones más oscuros de Julián Ibáñez, al igual que esa otra maravilla titulada La miel y el cuchillo. Una novela para leer sin prisa, saboreando cada uno de sus cortos capítulos y deseando que no se termine, que Bellón siga ahí una página más. De momento, lo mejor que he leído este año y parte del pasado, y eso que no sale ningún viejo ni ninguna niña.