Londres es de cartón, de Unai Elorriaga. Reseña de Leticia Sánchez.

LONDRES ES DE CARTÓN

Unai Elorriaga

Editorial Alfaguara

Hay quien sabe, por la forma en la que empieza el libro, cómo va a ser el resto. “Londres es de cartón” comienza ya con el título (que comprobaremos, asombrosamente, cómo se transforma una vez que hayamos terminado de leerlo). Y en la primera página te secuestra. Lo hace además con total impunidad. Se transcribe la grabación de un médico que habla de Joseph Conrad, de Agatha Christie, de los desaparecidos. ¿Quién ha desaparecido? ¿Por qué este hombre habla como en criptograma? ¿Quién y por qué está haciendo esta grabación? Y, de repente, sin que nadie haya dado ninguna pista, el lector está secuestrado, está en la misma habitación cerrada y asfixiante que el médico, con una antigua grabadora sobre la mesa, con un cenicero en el que se consumen los cigarros y lo tiñe todo de gris, de más gris. Pero nadie ha hablado de habitación, ni de encierro, ni de cigarros.  Y así estaremos durante gran parte del libro: secuestrados en un mundo que no entendemos, amordazados por una dictadura que intentamos descifrar.

            Phineas es el protagonista de “Londres es de cartón”. Vive en un país asolado por una dictadura que ya está dando los últimos coletazos. Los peores tiempos pasaron, los tiempos en los que se llevaba a las personas por las noches y las hacían desaparecer, pero los tiempos que corren no son buenos. La primera parte de la novela se desarrolla en los tejados, lugares de reunión prohibidos por la dictadura. Allí Phineas y sus amigos se sientan a mirar desde las alturas la estación de tren por si Sora, la hermana de éste, regresa. Pero nadie de los que desaparece ha regresado jamás. Ellos intentan saber dónde están los que se fueron, pero la única pista que tienen son una serie de grabaciones hechas por unos médicos forenses conocidas como “las cinco grabaciones de Londres”. Deben de encontrarlas y de reunirlas; además, alguien le ha dicho a Phineas que en una de ellas se habla de Sora.

            La segunda parte del libro transcurre en Londres, en un club de respetables ancianos ingleses (trajeados, altos, delgados y con paraguas colgando del brazo) que practican un juego cruel y complejo. El asesinato de Mrs. Brent en la Casa Reloj será una más de las piezas de la partida.

            En la tercera parte regresamos con Phineas a los tejados.

            “Londres es de cartón” no transcurre en ningún lugar concreto ni en ningún tiempo, pero es reflejo de todas las dictaduras habidas y por haber: desde la de Camboya a la de Chile, pasando por Argentina. No se sabe si es un relato antiguo o futurista; y eso aterra. El estilo que emplea Unai Elorriaga es apasionante y novedoso; pero también es una trampa. Depurado y minimalista, para nada descriptivo (pero, aunque apenas hable de los personajes o los lugares, aparecen ante los ojos del lector de una forma clarísima), hay en él, sin embargo, algo que no cuadra, un estilo que va mucho más allá de lo literario. Al principio uno no se da cuenta que Elorriaga utiliza en esta novela el lenguaje y la forma con la que se escribían en las dictaduras los informes policiales.

            Toda la trama es una incesante búsqueda de pistas, desde el paradero de Sora a las grabaciones, en qué consiste el juego de los ingleses, quién mató a Mrs Brent o qué tienen en común las dos historias, si es que tienen algo. Y mientras el lector va recopilando todas estas pesquisas como un Holmes cualquiera, el corazón se le va llenando de plomo, de ese dolor gris y pesado que dejan los atropellos de las dictaduras, unos atropellos sin sangre, no hechos por soldados, sino por funcionarios.

            Planea sobre “Londres es de cartón” el perfume “1984” de Orwell, esa atmósfera, volver a estar en la habitación 101, vivir en el miedo de sobre pasar una raya, qué deben hacer para que me atreva a sobrepasarla, qué debo hacer yo.  Inmensa la mención del autor, en los agradecimientos, a Oliver Sacks. Inmenso desenlace. Inmenso Elorriaga.

            Lo mejor: las grabaciones de los forenses y la importancia que pueden tener cuatro sillas.

Lo peor: Los nombres de los personajes, inventados por Elorriaga ( Musone, Bleuler, Mitrofan…), son difíciles de seguir y, en ocasiones, resulta lioso.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*