Tras la muerte de Osiriel, el más poderoso de todos, tuvo lugar una cruenta guerra entre sus hijos Samael y Mikael, una guerra que se ha prolongado durante milenios y de la que Uriel se desentendió tiempo atrás. Ahora, el antiguo príncipe angélico se gana la vida como asesino a sueldo en Neo-Babylon, una urbe monstruosa que acoge en su seno una depravación sin límites.
Sin embargo, por mucho que Uriel desee mantenerse al margen del conflicto, sus hermanos no están dispuestos a permitírselo. Ahora, tras décadas de paz (durante las cuales Samael ha permanecido en coma), el despertar del poderoso ángel caído obligará a Uriel a tomar partido nuevamente en una lucha de cuyo resultado depende el destino de la raza humana.
Hay dos cosas que me han quedado muy claras tras leer esta novela. La primera de ellas, que Vael Zanón tiene unas ideas sobre la sociedad, la religión y el ser humano en general bastante negativas (y que coinciden punto por punto con las de un servidor, curiosamente). La segunda es que, a pesar de todo lo malo que alfombra nuestro pobre planeta, todavía queda un resquicio por el que penetra un rayo de luz capaz de disipar las tinieblas: el amor.
Así, si bien El ocaso de los ángeles es una novela plagada de épica, con acción a raudales y terribles combates minuciosamente descritos, tras ese violento envoltorio subyace un poso de amargura contrarrestado por un leve destello de esperanza. Como el autor comenta en el prólogo de la novela, sus propias experiencias vitales pueden rastrearse a lo largo de la misma, y cada personaje, cada situación, presenta un significado oculto que podrá llegarse a atisbar con más o menos claridad, pero que planea de modo omnipresente a lo largo de las páginas de su obra.
Haciendo gala de un estilo culto y depurado, algo que sorprenderá a más de un lector (gratamente, espero), El ocaso de los ángeles es una nueva vuelta de tuerca a un conflicto tan antiguo como el mundo: luz contra oscuridad, bien contra mal… Se llame como se llame, el enfrentamiento entre Samael y Mikael, y las enemistades surgidas a partir del mismo entre el resto de los ángeles, es arquetípico y jamás dejará de resultar interesante.
Vael Zanón nos ha regalado una novela fascinante y plagada de matices, que conviene degustar con lentitud para paladear plenamente cada frase. Quizá así, al concluirla, pueda el lector sentir que la lectura le ha enriquecido más allá del mero hecho de hacerle disfrutar con una narración interesante. Eso es lo que me ha pasado a mí, al menos.




