Siempre me acerco a un libro de Crichton con grandes esperanzas; sus obras tienen ese punto genial que incluye una perspectiva científica a temas que cualquier escritor habría tratado de un modo un poco más frívolo. Después de la denuncia social que fue Estado de Miedo y el apasionante thriller paranormal Next, me sorprendió un poco que Chrichton se desplazara a otras latitudes completamente dispares, estas Latitudes Piratas, precisamente, que ahora nos incumben. La historia que se esconde tras el título recuerda un poco el tema principal de que se trata: piratas y fabulosos tesoros escondidos que todo el mundo codicia, y es que cuenta la leyenda que su asistente encontró el manuscrito inacabado en el ordenador del escritor una vez éste hubo fallecido. Un tesoro, como decíamos, ya que las novelas de Crichton suelen gozar de una gran aceptación e ir acompañadas de su correspondiente adaptación cinematográfica.

La trama nos transporta mágicamente al Caribe de 1665, donde poderosos navíos españoles cruzan los mares para transportar oro y otras mercancías de valor desde el Nuevo Continente a las arcas del Rey Carlos III, en España. En ese contexto, los piratas infectan la zona y los navíos suelen ir fuertemente protegidos y custodiados para evitar caer emboscados. En pleno corazón del territorio español, los ingleses mantienen allí un precario asentamiento en la isla de Jamaica llamado Port Royal infectado de bucaneros, gracias a un tratado de paz. Los bucaneros son piratas, por supuesto, pero como la piratería está prohibida, los ingleses usan ese eufemismo para asociarse con ellos. Y allí, nadando como peces en el agua, se encuentra una serie de personajes pretendidamente exagerados y dotados de habilidades características que los convierten en una especie de Liga de la Justicia en versión pirata.

El cabeza visible de todos ellos es Charles Hunter, que además de ser audaz, valiente, ingenioso y un luchador implacable, despierta tremendas pasiones en los corazones de las mujeres con las que se cruza. El Judío es un experto en explosivos capaz de utilizar los intestinos de una rata para construir una mecha; Bassa, el Moro, es capaz de escalar una pared de piedra de cuatrocientos metros, tan vertical y desnuda que ni un pájaro puede posarse en ella. Y Lazue es una mujer que viste y se comporta como un hombre, pero desnuda sus senos en mitad de la batalla para desconcertar al enemigo.

Pero esto no es una crítica. Son elementos que conjugan una historia de aventuras propia del cine más palomitero, donde los héroes se enfrentan a las situaciones más descabelladas y sobreviven, una y otra vez; y vaya si funciona. Explosiones, soldados españoles a tutiplén, fortalezas inexpugnables, batallas de barcos y monstruos marinos. Hay una escena vibrante en la que el barco donde navegan nuestros héroes debe escapar del enemigo pasando por un hueco de diez metros entre peligrosos arrecifes de coral, y mientras Lazue (que tiene ojos biónicos con telemetría avanzada) dirige al timonel, los sondeadores van cantando la profundidad a babor y estribor. Es imposible que alguien deje ese capítulo a medias.

Atendiendo a su pasado literario, Crichton adereza esta historia fantástica con un buen montón de elementos que nos hacen empaparnos de la forma de vida y el contexto histórico de la época. Cómo se aseaban y vestían la gente adinerada de la época, cómo funciona exactamente un cañón, el complejo equilibrio de cuerdas y tensiones de una nao española o la manera de orientarse en el mar según las fases de la luna y el color del mar son algunas de las cosas que aprenderemos. Los deberes están perfectamente hechos. Hay un momento en el que el capitán de un barco venido de Londres narra los horrores de la Peste, que está arrasando Europa, y se describen detalles y hechos que, aunque terroríficos, resultan de lo más interesante.

Latitudes Piratas se disfruta de cabo a rabo, con momentos de indecible tensión. Está claro que acabaremos viendo esta pequeña obra en el cine, y casi diría que ha sido escrita con esa idea en mente: las escenas pueden verse, están ahí, gracias a descripciones del todo visuales y un ritmo trepidante. Ya casi puedo ver el libro surcar los procelosos mares de celuloide como lo haría un pato en una charca.

Carlos Sisí