La última novela de Empar Fernández va acompañada de una cinta negra anclada a las solapas del libro en la que se lee una cita de Rosa Ribas: «Una obra profundamente humana, en la que Empar Fernández logra diseccionar los efectos destructivos del sentimiento de culpa sin que perdamos la empatía por quien se ve arrastrado por ellos».
Esa frase de Rosa Ribas es, para mí, la mejor reseña que se le puede hacer a La última llamada.
La novela de Empar Fernánez es una lectura dura, muy dura. Lo es, precisamente, porque resulta imposible no conectar con ese padre cuya hija desapareció hace tres años después de salir de la discoteca donde estaba celebrando el final de curso. La empatía que uno crea para con Julio Monteagudo es bestial, tan humana que el recorrido diario por su desesperación y por el lento y atroz paso de los días sin noticias y con una familia que ha quedado reducida a cenizas después de la tragedia, se vuelve desesperanzador para el lector también.
La historia está narrada con sencillez y claridad, y es en parte eso lo que contribuye a que el efecto sea desolador. El sentimiento de culpa del padre es humano y aterradoramente comprensible. Es un personaje creíble hasta el punto en que podemos mutar en él sin problemas y, claro, ¿qué hay peor que la sensación de haber perdido a tu hijo o hija? ¿De no haber estado ahí para impedir que ocurriera lo que fuera que ocurrió? Porque los Monteagudo no saben qué pasó, y muchas veces el desconocimiento es el peor castigo para el ser humano. ¿Se fugó Noemí y sigue viva en algún sitio? ¿Murió? Si murió, ¿qué fue lo que le pasó? ¿Hubo algún culpable o fue un accidente?
Tal vez, el único pero, es que el desenlace se ve venir de lejos. Resulta un pelín evidente. Y sin embargo el trascurrir de la novela es perfecto.
Por el camino de Julio Monteagudo se cruza una vidente cada vez más famosa y respetada gracias a un programa de televisión en el que conecta a algunos de las personas que han acudido como público, con sus seres queridos fallecidos. El padre, acosado por la culpa, acude a la consulta de la vidente con la necesidad urgente de saber. ¿Es Samantha Damon real o es un fraude?
La historia toma un rumbo peculiar, que además le da un ritmo necesario a esas alturas, a partir de la mitad del libro, cuando Yolanda Monteagudo, hermana de la desaparecida, empieza a cobrar protagonismo. De ahí hasta el final, la sensación de necesidad por seguir leyendo es cada vez mayor.
Y como digo, el final puede que se vea venir, pero el resto de la lectura es, si tienes cuerpo para aguantar la desesperación que ahoga sus páginas, una maravilla.