Reseña: El diablo me obligó, de F. G. Haghenbeck

La karibumaquia es un sangriento deporte clandestino en el cual se enfrentan (normalmente a muerte) ángeles y demonios. Lógicamente, para poder ofrecer tan peculiar y lucrativo espectáculo, primero hay que capturar a dichas criaturas, una labor nada sencilla que llevan a cabo unos personajes conocidos como “diableros”. Y uno de los mejores en el oficio es Elvis Infante, veterano de la guerra de Afganistán que cuenta con poderosas razones personales para odiar y cazar a las criaturas demoníacas.

Junto a Infante, una serie de misteriosos y en ocasiones atormentados personajes desfilan por las páginas de El diablo me obligó: un atractivo sacerdote con tendencia a sucumbir a las tentaciones de la carne, una mujer que se gana la vida dejándose poseer por demonios, una letal lolita asesina… Todos ellos se moverán por un submundo oculto y peligroso, con una muerte horrible acechándoles a cada instante.

Leer El diablo me obligó trae de inmediato a la mente a un personaje tan conocido como John Constantine, protagonista de la serie de cómics Hellblazer, que fue interpretado en su día por Keanu Reeves en la película homónima. Al igual que en el universo en el cual transcurren las andanzas del mago creado por Alan Moore, el mundo que retrata Haghenbeck en su novela está plagado de magia, posesiones llevadas a cabo por entes infernales o celestiales, y personajes que sobreviven a duras penas ejerciendo una arriesgada “profesión” cuya naturaleza es ignorada por la inmensa mayoría de la población.

El autor mejicano nos ofrece una trama de cierta complejidad temporal, ya que la acción avanza y retrocede constantemente a partir de un acontecimiento central narrado en el primer capítulo. Sin embargo, lo que probablemente plantee un verdadero desafío al lector es el lenguaje en el que está escrita la novela. Una vez más queda patente que el español que se habla en México difiere tremendamente del que empleamos en nuestro país, de modo que nos encontramos con multitud de términos cuyo significado, si bien normalmente queda claro enseguida, en ocasiones resulta toda una incógnita. Si a ello añadimos la abundancia de palabras en inglés que aparecen sin traducir en la novela, así como expresiones híbridas de lo que se conoce como “spanglish”, quizá algún lector encuentre una cierta dificultad a la hora de seguir la narración.

No obstante, si una vez superada la traba lingüística, lo cierto es que nos encontramos ante una historia fascinante, con apuntes sumamente originales (una pena que no se explote más la interesante karibumaquia) y escenas impactantes no aptas para estómagos sensibles. El diablo me obligó es, en definitiva, una novela que se devora y deja con ganas de más. Y, o mucho me equivoco, o F. G. Haghenbeck se guarda en la recámara unas cuantas historias a desarrollar en su particular universo.

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