Hiromasa Yonebayashi, quien lleva trabajando en la Ghibli como animador desde 1997, con La princesa Mononoke, da el salto a la dirección con esta película que nos habla de una familia de diminutos que habita en el sótano de una casa de campo en la que un niño enfermo acaba de llegar para pasar una temporada antes de ser operado del corazón.
Los pequeños seres tienen muy claro que los humanos son peligrosos y, aunque necesitan penetrar en sus cocinas para “tomar prestados” alimentos y productos, basan su supervivencia en ocultarse de ellos. Sin embargo, Arrietty, de catorce años, es una niña intrépida que se dejará ver por un descuido, lo que desencadenará una serie de percances para ambas familias.
Miyazaki firma el guión, junto con Keiko Niwa, y, desde su cargo de productor ejecutivo, supervisa la realización de la película, además de figurar como planificador de desarrollo.
Convertir lo cotidiano en una aventura, encontrar el punto de vista desde el que los objetos con los que convivimos se tornan colosales y mágicos, hallar dificultades en lo que para la mayoría no supone más que un movimiento inconsciente abre un mundo maravilloso. Al mismo tiempo, funciona como metáfora de las debilidades que convierten los granos de arena en montañas: no en vano el personaje principal humano, al estar enfermo, encuentra los obstáculos casi tan insalvables como sus pequeños amigos.