Pablo García Naranjo, de la mano de Tyrannosaurus books, nos trae una novela que bien podría ser el guion de la próxima película de Liam Neeson. Porque… ¿existe alguien mejor en estos momentos que recupere la esencia de aquellos tipos duros del Hollywood de los setenta y ochenta, aquellos tipos de mirada fría y corazón aún más frío, de mano firme y gatillo fácil?
Coburn es uno de esos hombres, un asesino a sueldo al que conocemos en medio de un trabajo. No necesitamos mucho para entender cómo funciona su mente, para creernos su forma de ser, de actuar y de vivir. Podríamos argumentar, por tanto, que Pablo García Naranjo ha creado un gran protagonista y ha sabido dotarle de las suficientes aristas como para convertirle en un tipo interesante. Hasta el punto en que la novela lleve su nombre y en ningún momento eso le pese.
Coburn es un tipo duro. Uno que va a sufrir mucho a lo largo de las doscientas páginas que tiene la novela. Primero, porque el resultado de ese primer trabajo no va a ser el que él espera, segundo porque acepta (sin aceptarlo) un último encargo, y tercero porque mientras lleva a cabo ese encargo va a llover plomo sobre la ciudad de Los Ángeles y Coburn va a estar siempre en medio.
La trama de la historia es lo que uno podría esperar de ese tipo de cine oscuro dominado por el ruido de las balas y la noche corrupta. Una chica desaparecida, una madre que está dispuesta a darlo todo por encontrar a los culpables y hacerles pagar, y un asesino a sueldo dispuesto a llegar hasta el final. Por el camino mucho sudor, aún más sangre, semen y toda la putrefacción humana que seamos capaces de imaginar. Es lo que tiene mirar por el sumidero de la civilización, que las costuras no resisten.
A su favor, principalmente, el personaje central de la trama. Coburn es uno de esos antihéroes a los que resulta fácil apoyar. Sabes que es un mal tipo, uno con las manos manchadas de sangre, pero en estos momentos es el héroe. Además, la prosa de Pablo García Naranjo es adecuada. Transmite a la perfección la bajeza humana que rodea la historia, describe lo justo y, cuando empieza la acción, se vuelve trepidante. Hay otros personajes pululando por la novela, todos ellos secundarios, pero todos ellos muestran una personalidad marcada, unos rasgos propios e incluso una forma de hablar única. En ese sentido el autor nos muestra un gran trabajo.
En contra tengo que decir dos cosas. La primera es una nimiedad que no llega a enturbiar el resultado global de la novela pero afea determinados momentos y es la brusquedad con la que salta del punto de vista de un personaje al de otro, causando confusión en algunos momentos puntuales (yo conté cinco) y obligando a releer determinados párrafos para saber cuál de los personajes era sobre el que estaba narrando. La segunda es algo que mancha el fondo pero no la forma ni tampoco el viaje: todo es demasiado sencillo. Prácticamente una cuarta parte de la novela, o más, forma parte del prólogo de la historia. Sirve para que entendamos a Coburn, y eso lo hace válido, pero no es hasta que el asesino viaja a Los Ángeles que empieza la verdadera trama de la historia. Y resulta que una vez allí prácticamente se pega de cara con lo que está buscando. No hay un momento de búsqueda ni dificultad alguna. Es llegar y listo, y aunque eso provoca que el ritmo sea continuo, resulta un poco… light.
Pero sí, como os digo el ritmo es frenético durante toda la historia. Pablo García Naranjo no se anda con chiquitas. De una situación límite salta a la siguiente. No importan demasiado los momentos intermedios, lo que nos entrega es el plomo y la sangre en todo momento. Y en ese sentido es una gozada, si se me permite la expresión.
Tiene una última pega: es demasiado corta. Termina y deseas que aún quedaran por delante tres o cuatro cabrones más por derribar. Con suerte, Coburn volverá. Y si lo hace, yo me apunto.