Reseña: Todos los buenos soldados, de David Torres

todoslosbuenossoldadosDavid Torres (Madrid, 1966) ficciona la realidad. En Todos los buenos soldados (Planeta, 2014) lo que importan son los niveles de lectura. A simple vista, tenemos una novela detectivesca ambientada en una época histórica casi olvidada y en una zona, Marruecos, de la que poco se sabe.

Por otro, estamos ante una obra reflexiva, donde prima el retrato del marco sociocultural sobre la acción. Y tratándose de una novela en principio bélica, es una agradable sorpresa.

La historia parte de una visita de varios artistas de renombre, como Carmen Sevilla o Miguel Gila, a Sidi Ifni, el enclave español en Marruecos en la guerra del Sahara. Allí aparece un legionario muerto y entre los sospechosos está el propio Gila, que se ve atrapado en una segunda mili que ni le va ni le viene. Ayudado de Esnaloa, un detective militar, Gila ayudará a aclarar lo sucedido. Se recomienda al lector que quiera acercarse a esta obra que evite leer la contraportada, porque da indicios de por dónde van a ir los tiros, nunca mejor dicho.

Como decía al principio, a David Torres no le preocupa demasiado la trama. Quien espere leer una historia de detectives se encontrará con que, en efecto, hay una investigación, pero priman otros intereses sobre saber quién es el asesino o por qué. La novela rueda por la memoria histórica, presentando a soldados que van a morir, que esperan su turno para ir al frente, que pasan el rato borrachos, comiendo turrón duro, contando historias escabrosas (y reales), sin nada que hacer salvo mirar las dunas. Un conflicto olvidado por los españoles, silenciado por el franquismo, donde mandaron a la muerte a soldados mal equipados, con rifles anticuados y defectuosos…

El propio Gila se da cuenta de eso: sus chistes hablan de cañones sin agujeros.

Con apenas un puñado de personajes Torres monta una tragedia griega: Gila, Esnaloa, un par de mandos, cuatro legionarios, un alférez enamorado de una chica desquiciada, un americano que regenta un burdel y el misteriosos Fox bastan para contar una historia más coral de lo que aparenta.

Un libro que se lee en dos sentadas, ameno, divertido, con mucho humor negro y con una prosa sencilla y ágil, lo cual es un lujo en los tiempos que corren. Quizá la resolución de los asesinatos sea algo precipitada y Esnaloa y Gila no dejen de ser meros testigos de la tragedia griega que comentaba antes, pero esto no ensombrece los puntos fuertes de la novela: ser testigos en primera mano de las miserias de una guerra olvidada. Una que jamás debió suceder.

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