Nyarlathotep, también conocido como el Caos Reptante (entre muchísimos apelativos más), emisario de los Otros Dioses y sirviente de Azathoth, es una figura recurrente en los relatos de H. P. Lovecraft y de sus innumerables discípulos. Si bien su verdadera apariencia es ciertamente repugnante, le gusta caminar entre nosotros con aspecto humano, normalmente el de un hombre alto con rasgos caucásicos y piel negra como una noche sin luna. Sus avatares son incontables y, con un aspecto u otro, gusta de entrometerse en las vidas de los hombres buscando generar caos y sufrimiento.
En Las mil caras de Nyarlathotep, dieciséis miembros de la asociación española de escritores de terror Nocte nos ofrecen sendas historias en las que presentan nuevas y antiguas versiones del mensajero de deidades como el temible Cthulhu. Así, se retoman personajes y conceptos originales del maestro de Providence, como hace Anna Morgana Alabau en Vigilia, su particular homenaje a Los sueños en la casa de la bruja. Y el mismo Lovecraft aparece como personaje al que entrevista el protagonista de La casa del sueño, de José Luis Cantos.
Las ferias peculiares están presentes por partida doble: un circo que esconde un horrible secreto aparece en Caperucita Roja y el circo de los susurros, novela corta de José María Tamparillas; y en La feria amarilla, Carlos L. Hernando narra lo que le sucede a un periodista afincado en Arkham que regresa al pequeño pueblo donde nació. Y la más absoluta actualidad también admite la presencia de encarnaciones del Caos Reptante, como queda claro en La Sombra tras Fukushima, de Juan Díaz Olmedo, en Un eclipse desafortunado, de Miguel Puente Molins (con sorprendente revelación sobre la naturaleza de quienes nos gobiernan) y en La segunda naturaleza, relato de Ángel Luis Sucasas en el que Internet es el método a través del cual Nyarlathotep consigue acólitos.
La antología, compilada y dirigida por Rubén Serrano (firmante a su vez de la historia que abre la misma, El horror acecha) hace gala de una calidad homogénea, de modo que resulta difícil destacar un relato sobre los demás. Además de los mencionados, hay aportes de Julián Sánchez Caramazana, Javier Quevedo Puchal, Roberto J. Rodríguez, Andrés Abel, Juan José Hidalgo Díaz, Juan Ángel Laguna Edroso, Joaquín Fernand y cierto caballero, de nombre J. J. Castillo, que resultará conocido a los habituales de Crónicas Literarias y que, con El rey del otoño, deja bien claro que hay mucha vida más allá de las reseñas.
No olvidaré citar el excelente diseño del volumen (aunque un tamaño ligeramente mayor no habría estado de más), con una magnífica ilustración de portada firmada por David Ardila. Y, por supuesto, el apartado dedicado a la presentación de los autores resulta muy útil, al tiempo que da buena fe del talento de unos escritores que han ganado numerosos premios y han publicado muchas obras que a más de un lector le apetecerá adquirir.
Una antología que apasionará a los admiradores de la obra de Lovecraft y que, además, funciona como magnífico escaparate de lo que tienen que ofrecer los miembros de Nocte. Tras su lectura, no hay duda de que el horror patrio está muy vivo y goza de una salud de hierro. Esperemos que dure la racha, y que podamos disfrutar con más obras como Las mil caras de Nyarlathotep durante mucho tiempo.