En la ficticia ciudad de Amalgama, invadida por los zombis, Andrés trata de sobrevivir mientras protege a su hijo Damián, al que ha encontrado tras años desconociendo su existencia. Mientras, Marga, la madre del pequeño, ignorando dónde se encuentra el niño, tendrá que enfrentarse a los muertos vivientes al tiempo que lidia con su pérdida.
En el horizonte, una esperanza: la isla Simetría. Un lugar que, según se rumorea, se mantiene inmune a la misteriosa causa que ha originado el alzamiento de los muertos. En el camino, encuentros tanto con otros supervivientes como con los redivivos hambrientos de carne humana, y también con los misteriosos “faros”, un extraño tipo de zombis que emiten un sonido que atrae a sus congéneres cuando detectan nuevas víctimas.
Instinto de superviviente es un claro exponente de lo que podría considerarse un subgénero dentro del subgénero que es de por sí la literatura zombi. Me refiero a ese tipo de historias en las que la plaga de muertos vivientes presenta un escenario en el que enfrentarse a estos no resulta lo más importante, y son la relaciones entre los diversos supervivientes las que poseen un mayor peso en la narración.
En efecto, es el triángulo (de vértices ciertamente distantes) formado por Andrés, Damián y Marga el que vertebra la trama de esta breve novela. El horror presente en la misma no proviene tan sólo de los temibles muertos vivientes, sino que surge sobre todo de los actos de los no infectados. Una vez más, el ser humano demuestra ser mucho peor que cualquier monstruo que se pueda imaginar.
La obra, plagada de sorprendentes giros argumentales, es la primera entrega de una trilogía ambientada en un mismo mundo pero en localizaciones diversas. Así, esta primera parte de la saga Instinto Z continuará con otras dos novelas cuya acción transcurrirá en la ya mencionada isla Simetría y en otra población ficticia llamada Lantana, a la postre el punto en el que se origina la invasión de redivivos. Habrá que esperar, pues, para saber qué acontece a los personajes que llegan con vida al final de Instinto de superviviente, y para comprobar si el buen hacer demostrado por Darío Vilas en esta su primera novela se mantiene o, como no resulta demasiado arriesgado aventurar, alcanza incluso mayores cotas de calidad.