Reseña: Los Dioses de Bal-Sagoth, de Robert E. Howard

Más caña de la buena. Lomo del bueno por que esta vez hemos disfrutado de lo lindo de una apuesta segura como es siempre leer cualquier historia de Robert E. Howard. Más títulos de los que gracias a la ya indispensable editorial de libritos de bolsillo Costas de Carcosa podemos ir encontrando cada poco. Autores, obras y ediciones, donde disfrutar, novelitas de aventuras para disfrutar doquiera que vayáis. Un buen cúmulo de pulp, de sword & planet (como se dice en mi tierra), condensado en poco más de trescientas páginas. Los Dioses de Bal-Sagoth, como os decía, era una apuesta segura. Como no va a serlo una antología del gran Robert E. Howard donde se recogen nada más y nada menos que siete relatos, las historias que abarcan la saga de Turlogh O’Brien, «El Negro». Uno de los mejores mosaicos que Howard construyera jamás. Un autor entonces en pleno esplendor, dándolo todo en relatos como La Marcha del Dios Gris (The Grey God Passes), El Hombre Oscuro (The Dark Man) o la trama que da titulo al libro Los Dioses de Bal-Sagoth (The Gods of Bal-Sagoth). Tres cuentos donde disfrutar de un personaje histórico, que participara en la épica batalla de Clontarf. La versión howardiana del personaje, obviamente. Por eso verás y disfrutarás de su lucha contra norteños, seres aberrantes e incluso brotará de ti una sonrisilla cómplice cuando lo veas jurar por Crom.

Empezaré por hablaros de la historia principal y la que más me ha gustado. Calidad por encima de la calidad. Páginas arrancadas de un ejemplar de 1931 de la revista Weird Tales, de ahí procede Los Dioses de Bal-Sagoth, donde se presenta a Turlogh O’Brien, un forajido del siglo XI que posee todos los atributos de un héroe de Howard. En este caso, un guerrero irlandés de carácter violento y temperamental de pelo negro-azul-volcánico. Turlogh es casi idéntico a la mayoría de los berserkers de Howard, compartiendo además otra característica ya usada: es un marginado, alejado de su propia familia, condenado a vagar por un mundo hostil… solo. Dice mucho acerca de la soledad y los sentimientos de aislamiento del autor en aquellos momentos. Bien, pues con este tipo, se abre una historia con un comienzo explosivo. Una apertura brillante que te empuja directamente a la acción. Una acción violenta en un barco en una tormenta; el ritmo te atrapa, se acelera y todo explota en un holocausto de destrucción masiva. Y Turlogh se encuentra naufragado en una isla misteriosa, con un reacio compañero, un gigante guerrero sajón llamado Athelstane. Poco después, ambos guerreros rescatando a una joven que está siendo perseguida por una enorme rapaz que no vuela. Después de ayudarla, esta chica linda resulta ser Brunhild, una diosa blanca, temida y adorada por los indígenas de las ciudad… ¡Y ya estás enganchado! Una serie de historias que te meten en vereda desde la primera página. A tiro hecho. Sin complicaciones, ni descripciones eternas. Robert E. Howard a pleno pulmón entre saltos, hachazos y cabezas cortadas de cuajo.

La Marcha del Dios Gris combina la fantasía con la historia, para contar el fin de los dioses o seres sobrenaturales además de la facción cristiana liderada por el Gran Rey Brian Boru (y los principales protagonistas de Howard, Turlogh D’ubh O’Brien y Conn, un escuadrón huido de los vikingos) luchando contra el rey Sittric de Dublín y su tío Mael Mordha, el rey de Leinster.

El Hombre Oscuro es otro de mis favoritos. Relato de Howard que recordaré mientras viva. Turlough perdiéndolo todo en una lucha final contra los vikingos. Brutalmente brillante.

Lanzas de Clontarf, Fragmento sin título, La Sombra del Huno y El Túmulo en el Promontorio son los relatos que completan esta magnifica antología. Y aunque no suelo hablar de precios, friends, once euritos por estas maravillas… buah. En fin, civilizaciones perdidas, horror sobrenatural, fantasía histórica e incluso western. Protagonistas con tendencia a trascender, músculos y juramentos que rara vez no se cumplen. Howard sabía narrar y con una prosa tan depurada que asusta ver como no ha perdido un ápice de fuerza después de más de ochenta años. Ahí es nada.

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