Reseña: Ragnarök, de Walter Simonson

RagnarokSi alguien reina en esta temática, y me atrevería a decir que en cualquier medio literario actual, ese es Walter Simonson. Nadie como él cuando se propone hacerlo bien con Ragnarök…, el ocaso de los dioses en la mitología nórdica, la destrucción de los nueve mundos. Y ahora, trescientos años más tarde, el nacimiento de la venganza.

Walter Simonson regresa a los cómics a lo grande con una serie completamente nueva…, y hace lo que mejor sabe hacer. Petarlo. Llevando a la mitología nórdica de la mano con IDW la cual pone toda su confianza en él. Panini Cómics está al quite de lo bueno y es la que brinda en nuestro país por estas historias junto al mejor aficionado.

Walter Simonson es uno de los creadores más reconocidos y respetados en el noveno arte. Aunque estuvo un tiempo de capa caída, últimamente se ha propuesto volver a dejarnos con el culo pegado al sillón, o a nuestro sitio de lectura preferido, cuando leemos una obra suya. El arte de Simonson vuelve a resurgir, su trabajo durante un tiempo sólo fue funcional y aun así nunca disgustaba. No obstante, cuando ragnarok01parece estar en racha como ahora, junta eso a cierto movimiento, cierta acción cinética que se palpa con el paso de las páginas; mientras que adentra elementos de tensión y “mal humor” en tramas que terminan por recrear batallas o duelos épicos que ponen los vellos como escarpias.

Con una premisa como ésta:

«Mi Esposa y mis Hijos están muertos. Mis Hermanos y Hermanas, muertos. Mis padres, muertos. Los Grandes Enemigos siguen vivos. Pero juro por los destrozados huesos de los mios…, que no vivirán eternamente.

Me convertiré en… la tormenta».

Díganme si la emoción no está servida.

Una enorme épica nos lleva a conocer cierta variedad de personajes con la sensación de que todos tendrán el mismo destino. Uno fatal, por cierto. El elfo oscuro asesino y su equipo de trolls, orcos, y renegados llegando a la Fortaleza en el borde del mundo. Cierto tipo enmascarado ragnarok03adjudicatario de los hechizos necesarios para entrar en Kliffborg para destruir todo a su alrededor… O a cualquier ser viviente que se cruce en su camino. Y en una cámara de piedra rodeada de un majestuoso campo de estrellas, encontrarse cara a cara con un mito casi olvidado, en el sendero celestial azúl y negro que pertenece a la estela de la victoria de los enemigos en el gran Ragnarök. Un mito más peligroso que cualquier cosa que pueda haberse imaginado.

Así como ver a Thor (Dios del Trueno, no el de Marvel), como se aparta de la Fortaleza en el borde del mundo para entrar en las Tierras del Anochecer. Un reino crepuscular perseguido por transgresores y neomuertos, y habitado por los restos dispersos de una humanidad protegida y a la a vez esclavizada por el Mal. ¡Y alucinar con la avalancha de poder que supone tener a Mjölnir de tu parte!

Y cruzar más allá del Bosque de los Muertos Colgantes, donde Thor se encuentra con su tutor, un poderoso Troll que trata de envidiar a los fallecidos como en el cuento de El último día de los dioses, donde la paz se hace por fin con el alma del guerrero…

Este primer tomo de Ragnarök comprende los seis primeros números de la nueva serie de Simonson que tiene a todo el mundo expectante cada mes, al otro lado del charco desde las navidades pasadas. Allí va por ragnarok04el #8 y me consta que el friki acude ansioso a la salida de cada número como si de una enfermedad se tratara. Genial la labor de Panini Cómics de esperar y hacernos un tomito en cartoné la mar de chulo y disfrutable y disfrutar de un buen achuchón cada vez.

Walter Simonson nació para esto. El que lo conozca, sabe qué quiero decir; mitología nórdica, fantasía oscura, épica, lírica, poética, una larga carrera que cuenta con una destacable aportación a Thor (ahora sí, el de Marvel), Manhunter, Elric, Orion, Alien : The Illustrated Story y otra joyita recientemente publicada como es Star Slammers (http://cronicasliterarias.com/2016/04/07/resena-star-slammers-la-coleccion-completa-de-walter-simonson/). Si algún iluso alguna vez pensó que Simonson no tenía nada más que decir… Puuff, nunca pudo estar más equivocado.

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