Reseña: Los cantos de Maldoror, del Conde de Lautréamont

loscantosdemaldororNunca digas que no a una obra que por su extrañeza atrae. Años llevo escuchando hablar en programas de radio, podcasts, artículos y reseñas de Los cantos de Maldoror. Tuve un profesor que alababa la obra y que sentenció algo muy curioso, en su afán de traspasar a sus alumnos de quince o dieciséis años, el amor por la lectura: «Maldoror es puro éxtasis, una lectura diferente, insana, con la que casi abandonas la cordura». La gente rió. Yo me encogí de hombros y arrugué el entrecejo…, por hacer algo. ¿Qué quiso decir exactamente aquel profesor de Filosofía?

Se me grabó a fuego.

Los cantos de Maldoror son un conjunto de seis cantos poéticos publicados por primera vez en 1869. Una obra de Isidore Ducasse, más conocido por su pseudónimo de Conde de Lautrémont, considerado el gran renovador de la poesía francesa del siglo XIX. Sin duda, una obra entre las más atípicas y sorprendentes de la literatura.

Los cantos que forman el libro son obra de un hombre de veintidós años al que la muerte se llevará apenas un año más tarde. Los ecos de estas páginas irán aumentando a lo largo del siglo XX, en particular por el impulso de André Breton, que vio en este libro «la expresión de una revelación total que parece exceder las posibilidades humanas».

Los sentimientos que despierta una obra tan extraña como ésta, son difíciles de describir. La dificultad del texto, metafórico en extremo y de una personalidad en ocasiones opaca, desprende una “aura” que absorbe y obliga a seguir leyendo. Hace que su lectura se torne a ratos una verdadera osadía. Te sientes como un niño de mente inocente que está vislumbrando algo prohibido, pero que no lo sabe a ciencia cierta. Lo que sí comprende es que no debería estar en ese sitio, en ese momento.

Maldoror, ser sobrehumano, arcángel del Mal, lucha bajo diferentes formas contra el Creador, a menudo ridiculizado como Dios en el burdel. Comete asesinatos en los que evidencia su sadismo y perversión. En la versión de 1868, una de las primeras escenas se refiere un diálogo con Dazet (un amigo del colegio, de Tarbes, cuyo nombre será suprimido en las siguientes ediciones), que nos deja ver, claramente que, por debajo de la ficción, subyace un sustrato biográfico.

Expresando el mundo épico en el que se desarrollan estos actos extremos, los objetos y animales hablan, las metamorfosis se multiplican, está permitido el énfasis y el gigantismo de los personajes. Pero una ironía constante avisa al lector, le obliga a tomar distancia. A partir del cuarto canto ya no es posible obviar esta contradicción, sus vampíricas frases dominan la sustancia del poema. La novela final utiliza el estilo rocambolesco y, más concretamente, el folletín que abundaba por entonces en las publicaciones de grandes tiradas.

El adolescente Mervyn, seducido por Maldoror, será inútilmente protegido por Dios y sus emisarios morfoseados en animales. Una última escena grandiosa lo ve proyectado desde la conocida Columna Vendôme hasta la cúpula del Panteón, donde todo es gobernado por angustias sentimentales. La figura de ese Maldoror cruel y tímido, asesino de ángeles y vírgenes, es algo que como lector nunca olvidarás. Sobre todo, porque es espejo y ejemplo del ser humano. Tan vil como misericordioso cuando el sufrimiento está presente.

Los cantos de Maldoror es una creación hermosa, delirante y grotesca, suma de todos los vicios y virtudes de la especie a la que pertenecemos. Un libro que Alianza Editorial tiene en catálogo. Una obra a degustar con suma calma y paciencia, con la mente realmente abierta a cualquier cosa.

Un libro impactante, siempre teniendo presente que Los cantos de Maldoror no están en sintonía con nuestra época. En mi opinión, una obra maestra del horror y la ironía. Maldoror y su mundo son fascinantes. Nada me hace más feliz que recomendar este abismo.

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