Reseña: ¡Viven! La tragedia de los Andes, de Piers Paul Read

vivenEl jueves 12 de octubre de 1972, un avión Fairchild F-227 de la Fuerza Aérea Uruguaya despegó de Montevideo con destino a Santiago de Chile. Quince de los cuarenta y cinco pasajeros que se hallaban a bordo, pertenecían a un equipo de rugby de dicho país, el resto pertenecían a familias acomodadas, muchos de ellos familiares que acompañaban a los deportistas en vísperas de un importante partido, más los dos tripulantes. Todos ellos viajaban a la capital chilena con un propósito… Y todos ellos eran inconscientes de que jamás llegarían a su destino.

Desde un principio el vuelo fue mal, pues se vieron obligados a aterrizar en la ciudad de Mendoza debido a las malas condiciones climatológicas que se presentaban en los Andes. Cuando, al día siguiente, reanudaron el vuelo, un error de cálculo del piloto resultó mortal para casi todos ellos. Creyendo estar sobrevolando la ciudad de Curicó, el piloto inicia el descenso y poco después impacta el ala derecha contra una de las altas montañas de los Andes, cortando la cola a su paso. Momentos después se parte el ala izquierda y una de las hojas de la hélice rasga el fuselaje antes de caer. Sin alas y sin cola, el aparato desciende a gran velocidad hasta un profundo valle, donde se desliza entre gritos de pánico y desesperación de los pasajeros hasta que después de un periodo eterno, logra detenerse por completo. Treinta y dos de las cuarenta y cinco personas han logrado sobrevivir al impacto, pero no todas llegarán a ver un nuevo día, unas por las heridas que habían sufrido tras el accidente, otras por las bajas temperaturas y la escasez de ropa que llevaban a unos 3500 metros de altitud, entre el volcán Tinguiririca, en Chile, y el Cerro Sosneado, en Argentina.

Ocho días de constantes búsquedas de expedicionarios chilenos y argentinos no dan su fruto, pese a que varios aviones pasan por el lugar de la catástrofe, el hecho de que el avión siniestrado tuviese el techo blanco dificultó la tarea de rescate.

Para los supervivientes comienza entonces un calvario del que todos hemos oído hablar. Casi sin comida, una onza de chocolate y un pequeño vaso de vino es su alimentación diaria, y casi sin fuerzas, toman la determinación de recurrir a la antropofagia.

Y, si el destino aún no les había sido aciago, una noche, mientras duermen, una avalancha acaba con la vida de varios de ellos.

Conforme pasa el tiempo, y en vistas de que no van a ser rescatados, los supervivientes optan por salir por su propio pie de tan inhóspito lugar. Cuando comience el deshielo, calculan que sobre el 15 de noviembre, tres de los dieciséis hombres que aún siguen con vida retarán a unas de las montañas más grandes del planeta, si bien uno de ellos tiene que volver a los restos del avión por el bien de la expedición.

Más de dos meses después que tuviera lugar la tragedia, y después de más de diez días de intensas caminatas, los dos hombres llegan a un río y ven a un hombre…

He aquí el claro ejemplo de que la esperanza es lo último que se pierde y de que la voluntad del ser humano supera límites insospechados. He visto la película un millar de veces, he leído la novela un par de ellas y sigue emocionándome esta historia. Es un drama que pone los pelos de punta, sobre todo porque sabes que está basado en hechos reales. Es una historia que conmueve e invita a reflexionar y no apta para corazones sensibles. Basta con escuchar los testimonios de los protagonistas que de vez en cuando aparecen en televisión y te das cuenta de que la experiencia ha marcado sus vidas. Sus voces pausadas, sus miradas, como si estuvieran ausentes, como si sus ojos aún estuvieran atrapados en la nieve de los Andes… ¿Cuántas veces hemos adorado a héroes de plástico? Todas las personas que tuvieron que pasar por semejante trauma, todos y cada uno de ellos, son los auténticos héroes. Desde Crónicas Literarias mi respeto y admiración hacia todos ellos.

One comment

  1. Rafael R. Paniagua B. dice:

    Es cierto, que en breve conmemoramos los 46 años de aquel fatídico accidente aéreo, que sin lugar a dudas, nos dejó marcado a todos aquellas personas que tuvimos la oportunidad de seguir este acontecimiento en su momento. En verdad, no quisiera estar en la piel de estos héroes anónimos, que por la necesidad de supervivencia, fueron mucho más allá de lo permitido. Cuando vemos las caras de la historia, pidríamos decir: que para unos, los fallecidos, sería la Tragedia de Los Andes y para otros, el Milagro de Los Andes, ya que después de 70 días de lucha infrahumanas, estas personas vivieron, de una forma metafórica, la experiencia contraria de Dante Alighieiri: el Infierno frío de Los Andes. Honores a quienes honores merecen. Desde la cordillera de Los Andes venezolanos, Rafael Paniagua

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