Reseña: Gespent, de Ignacio Cid Hermoso

GESPENSTIgnacio Cid Hermoso es uno de esos escritores a los que resulta fácil odiar cuando uno es escritor también porque te hace desear haber sido tú quien escribe sus novelas. Ya me ocurrió con Nudos de cereza, esa maravilla injustamente desconocida para el gran público que te atrapa entre sus páginas y va desgranando una trama que salta entre la amistad infantil y la novela negra. Y ocurre también con Gespenst, su última novela, en este caso publicada por Dolmen dentro de su línea Stoker y primera incursión de Ignacio Cid Hermoso en el terror.

Pero tomemos esa afirmación con pinzas. Gespenst tiene terror entre sus páginas (de hecho, tiene al menos dos momentos capaces de hacerte sentir escalofríos y esa sensación de querer mirar hacia atrás y huir de cualquier zona oscura, por si acaso) pero tiene algunas pinceladas de novela negra (de suspense) y muchas de terror dramático. O drama humano. O como queráis llamarlo. Ignacio Cid Hermoso maneja el terror clásico (en este caso, los fantasmas) con la misma maestría con la que maneja ese otro terror, tan real y cotidiano como es la pérdida de un ser querido, la ausencia arrebatadora de aquello que sujeta nuestra cordura a este mundo.

La trama de Gespenst inicia con la desaparición de Carlos, el hijo de Mario y Alicia, cerca del pantano que medio siglo atrás cubrió por completo el pueblo de Luarma. A partir de ahí la trama baila entre personajes (sobre todo dos bloques: el triángulo que comprenden Mario, Alicia y “la otra”, Ainhoa; y Carlos y sus amigos), baila con la cronología (saltando del presente a los tiempos en los que Luarma estaba a punto de ser anegada por las aguas, del ahora al antes de la desaparición, del presente a la historia de Mario, Alicia y Ainhoa). Y baila con los elementos con los que nos va hilando una trama en la que, en más de una y de dos ocasiones, sentiremos que perdemos el control.

No es esta una historia que te viene mascadita y te explica hasta el detalle más pequeño de antemano. Aquí a menudo nos hará dudar: ¿Carlos ha desaparecido? ¿Está muerto? ¿Vivo? ¿Secuestrado? ¿Asesinado? ¿Ha sido una muerte accidental? ¿Ninguna de esas cosas? ¿Es verdad que has oído un ruido en la habitación de arriba? ¿Otro pequeño sonido en el sótano? ¿Redoblan las campanas del campanario sumergido de Luarma por los muertos? Son infinitas las preguntas que te harás leyendo esta novela y cuando creas que has resuelto una aparecerán otras dos más. Y cuando creas haber resuelto esas dos nuevas, la primera volverá a surgir en tu cabeza.

Y al final… sí, todo queda resuelto y comprendido. Y hay que decir que Ignacio Cid Hermoso nos reserva alguna sorpresa para esa traca final, que sabe lo que hace y que cuando llega, lo hace entrando por la puerta grande.

Gran escritor, gran profundidad en los personajes (ya sea que ocupan muchas páginas de la historia o apenas unas cuantas, cada uno de los personajes de esta historia tiene una vida, una personalidad y una forma de interactuar con el resto que los hace únicos. Y eso demuestra que el autor maneja los hilos con absoluto conocimiento de lo que hace), y una prosa que baila entre lo ágil y directo (cuando es necesario que la trama avance) y lo poético (cuando es necesario recalcar lo que narra). Y en esto último, de nuevo, Ignacio Cid Hermoso te hace sentir envidia. Por su capacidad para sacar belleza de la fealdad. Por su capacidad de decir muchas cosas en apenas una frase. O de hacerte ver con absoluta claridad lo que hay en los ojos de un personaje. Las miradas que describe Cid Hermoso tienen una fuerza que pocas veces verás en otros escritores.

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