Reseña: Ignota, de VVAA

IgnotaNo suelo leer antologías de relatos, la verdad. Me gustan las historias largas y suelo remolonear cuando tengo un libro de historias cortas delante. Pero bueno, a veces hago la excepción. Ni siquiera se debe a que yo participe en este libro, porque hay antologías en las que aparezco que aún no he terminado de leer. En fin, si algo me llamó la atención del proyecto Ignota era la calidad de los nombres que participaban. Calidad y diversidad, porque tan pronto nos encontramos en los créditos con autores consagrados e internacionales como Lisa Tuttle o Ian Watson, autores patrios de pata negra como David Mateo, y algún autor menos conocido en el panorama literario.

Juan de Dios Garduño, el hombre detrás de la coordinación de este proyecto, me pidió que me uniera a él. Lo hice sin dudarlo porque pensaba que estar en medio de semejante elenco era un orgullo en sí. Y además había un germen de historia en mi cabeza, susurrándome al oído que quería ser contada.

Bien, dejaré aparte Modelo inferno, que es mi relato, por aquello de no hablar sobre mí mismo. Respecto al resto de Ignota, lo primero que tengo que decir es que me sorprende la inmensa calidad de los relatos que se incluyen en el interior de esta antología. Pero doy un paso más allá y añado que me sorprende, positivamente, que el nivel de los autores nacionales me haya parecido superior al de los internacionales. Con una excepción, uno de los mejores relatos del libro y probablemente el más surrealista que he leído en mucho tiempo, que pertenece a Lauren Beukes y que lleva por título Unathi contra las bolas de pelo. Aún intento digerir semejante maravilla ida de olla.

También incluye ciertas dosis de surrealismo (aunque más en la línea de Lewis Carroll que en la línea vete-a-saber-qué-demonios del relato de Beukes) el relato de Francisco Miguel Espinosa, Calalini. Indescriptible, pero tan visual que uno piensa que podría estar allí. Sea donde sea eso. Recientemente leí (y reseñé en Crónicas literarias) su novela Cabeza de ciervo. Leído este relato, ya os lo digo, tengo ganas de buscar sus anteriores obras y sumergirme en sus líneas.

Si tengo que elegir mis relatos favoritos de la antología (venga, va, no diré el mío) supongo que serían, en este orden: Dentro de la casita, de David Mateo, un relato soberbio que nos ofrece una visión distinta del cuento de Hansel y Gretel, muchísimo más tétrico que el que todos conocemos y más… no, me callo, descubridlo vosotros; Unathi contra las bolas de pelo, de Lauren Beukes; Polybius, de Angel Luis Sucasas, al que siempre he considerado un narrador de primera y que lo vuelve a demostrar en un relato dividido en dos partes, una primera que me parece una joya, además de un homenaje espléndido a la vida de los ochenta y en particular a la película Tron, y una segunda que está narrada de forma magistral y le da a la historia un cierre necesario (me considero más fan de la primera parte, eso sí); y en cuarto lugar diría que Calalini, de Francisco Miguel Espinosa.

El relato de Lisa Tuttle está bien, narrado con una mano firme y correcta, aunque es tal vez el menos espectacular de toda la antología. Como inicio, sin embargo, creo que es adecuado. La Biblia en sangre, el relato de Ian Watson, me parece el cierre perfecto para esta antología. Los relatos de Yago Pena Alonso e Isabel Camblor son interesantes y ambos están narrados con tiento. Y yo, por mi parte, no conseguí pasar por el aro en los relatos de Samantha Lee (demasiado facilón para mi gusto) y de Fernando Cámara (en este caso por una cuestión de ambientación, en una época y con un costumbrismo con el que me cuesta conectar, aunque reconozco que es un buen narrador y que domina los diálogos y las pequeñas cosas cotidianas que hacen creíble un escrito, pero no fui capaz de engancharme con él).

Pero es que eso no es todo con Ignota. Juan de Dios Garduño nos presenta la antología con un prólogo que es una aventura en sí mismo y que vale la pena leer prestando atención.

Dejáos seducir por Ignota. No os vais a arrepentir.

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