Reseña: En tierra de nadie, de David Prieto y Pablo Uria

entierradenadieDavid Prieto es de esos escritores que incomprensiblemente no gozan de toda la popularidad que merece. En mi opinión, es un autor que, con pulso firme, sin titubear, mantiene al lector en vilo hasta las últimas páginas de sus novelas. He tenido la suerte de comprobarlo y puedo dar fe de ello, lo que pasa es que, la mayoría de las veces, el destino es injusto con algunos escritores y apenas consiguen emerger en este inmenso océano llamado Literatura.

Me gusta por los ambientes que crea en cada una de sus obras. Son fantásticos, hablando en todos los sentidos. Y los personajes son, cuanto menos, peculiares, en ocasiones extrañas criaturas que podrían perfectamente vivir en la Tierra Media, el mundo creado por Tolkien. Pero, sin duda alguna, por lo que más me gusta es porque sabe tejer mundos y mezclarlos como si de uno solo se tratara. Es esta combinación de la realidad con la ficción lo que me atrae de sus novelas. Y así es como da comienzo este En tierra de nadie, una novela de fantasía de corte juvenil no solo apta para todos los públicos, sino más que recomendable. Con dos historias acontecidas en mundos diferentes: uno, similar al que vivimos; el otro, poblado de seres extraordinarios y monstruos peligrosos que en algún punto de la narración se mezclan como si naipes de una baraja se tratara.

Por fortuna, no soy al único que le gustan este tipo de argumentos, como así me lo ha hecho saber la editorial Palabras de Agua, quienes han apostado por la publicación de esta novela.

“Daniel es un chico de trece años que no tiene éxito en casi nada y que odia las matemáticas, algo en que su hermano Gabriel, dos años menor que él, le supera con creces y siempre parece echárselo en cara. Pero Daniel es un gran jugador de videojuegos, le encantan esos mundos fantásticos… tanto que sueña hasta con ellos. ¿O no son sólo sueños? ¿Acaso Halfred Dailleby,  es producto de su imaginación?

Cierto día aparece Jeremy Blackwell, su nuevo maestro que sustituye a su antigua profesora, la señorita Wilkins, la cual ha tenido un pequeño percance y deberá estar convaleciente durante varias semanas. En ese momento, Daniel comienza a sospechar de sus sueños, pues el señor Blackwell guarda cierto parecido con Dailleby. Entonces, Daniel comienza a investigar…”

En tierra de nadie me ha recordado, por diversas razones que detallaré, de manera breve a continuación, a tres obras maestras de la fantasía: El señor de los anillos, de J. R. R.  Tolkien; La historia interminable, de Michael Ende y a la saga de Harry Potter, de J, K. Rowling.

A la primera me ha recordado porque Halfred Dailleby, el personaje principal de uno de los dos mundos de la novela (el fantástico), tiene que portar La Piedra de la Luz hasta Hasseldoff, el pueblo de los gremios, y entregársela al anciano Dulsstein.

Con Daniel, el chico de trece años y protagonista de esta historia, me ha sido imposible no encontrarle referencias con Bastian en algunos puntos de la lectura. Por ejemplo, cuando está acompañado de Melvin y leyendo el libro sobre sí mismos, casi en la parte final.

Por último, el alumnado (si exceptuamos que ninguno hace magia), junto con el profesorado y el desenlace final, me ha traído a la memoria a Harry Potter y sus aventuras, sobre todo por Galia, a quien he comparado irremediablemente con Hermione.

Y acabo la reseña tal y cómo la empecé, recomendándoles que lean a este autor, que exploren el mundo que ha creado para nosotros. Y espero/deseo que disfruten tanto de su historias como un servidor.

One comment

  1. Oscar dice:

    Quiero expresar mis disculpas públicamente a Pablo Uría por no mencionarle en esta reseña. Pablo es el ilustrador de esta novela y su presencia es tan importante como la del propio escritor (David prieto). Es un error por mi parte que no tiene excusa, por ese motivo lo acepto y asumo la responsabilidad que requiere el asunto.
    Por otro lado, también quiero agradecerle el hecho de que me lo haya comunicado pues, sin su mensaje de notificación al respecto, seguro que un servidor volvería a tropezar en la misma piedra. Estoy en deuda contigo, Pablo… ¡hasta dos veces!

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