La Horde

Por un lado tenemos a un grupo de peligrosos delincuentes. Por el otro, una partida de policías con cuentas pendientes y ansias de venganza. El campo de batalla, un viejo y destartalado edificio situado a las afueras de la ciudad. Pero el destino les depara una desagradable sorpresa a nuestros protagonistas. Cuando una horda incontrolada de violentos – y hambrientos – zombis irrumpe en el edificio y se ven obligados a unir sus fuerzas si desean sobrevivir.

Zombies rápidos o infectados que además corren para comer. Los zombies de La Horde son consecuentes con el hambre feroz que padecen, y cuando derriban a alguien se toman su tiempo en saciarse.

La película de Dahan y Rocher transcurre casi en su totalidad dentro de un bloque de viviendas. Ese confinamiento de los personajes, atrapados entre puertas, paredes y escaleras, dota a la trama de una importante dosis de claustrofobia y paranoia. La televisión no funciona, y cuando lo hace es para mostrar el caos que se ha apoderado de las calles. A través de las ventanas suenan las explosiones de una ciudad en guerra, y el cielo se ilumina con el inquietante resplandor de los incendios y las detonaciones. Policías, maleantes y un vecino genial (un soldado gordo, sucio, viejo y con los huevos de acero), unidos por un precario pacto de colaboración, luchan por escapar con vida del edificio, pero saben perfectamente que lo que les espera en el exterior hará que su aventura intramuros parezca un mero entrenamiento.

3 comments

  1. Raúl dice:

    Lo de siempre. ¿Cuántas veces se ha contado ya esa historia? Esto es como el ajedrez, supongo, se prueban las innumerables y mínimas variantes de una misma tesis posicional/argumental hasta agotarla. ¡Qué rollazo!, el mundo infectado de nuevo.

  2. Quatermain dice:

    Es lo que tiene la temática zombi: o te encanta, o la detestas. Y a mí me encanta.

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