El sexto ejemplar de esta maravillosa saga trae consigo grandes movimientos y nuevos miedos. En este nuevo tomo, más que nunca, se ve de lejos lo que Robert Kirkman (guionista de la serie) siempre quiso hacer: continuar una película de George A. Romero y saber que les depararía el futuro a ciertos personajes inmersos en un mundo de zombies. Metidos en un aprieto mundial, por así decirlo.
El dibujo y entintado por parte de Charlie Adlard sigue logrando unos portentosos resultados con cada viñeta. Su pulso es tremendo a la hora de mostrar detalles macabros y de casquería. También logra con cada escenario la incertidumbre en los sombreados. Cada rincón es un peligro, un acecho constante de merodeadores; como empiezan a llamarlos los personajes en este número.
En Los Muertos Vivientes (Tomo 6: Esta triste vida) la acción se reparte.
Por un lado tenemos a Michone y a Rick apresados por el Gobernador y sus secuaces en ese misterioso pueblo. Y por otro, a Tyresse y lo acontecido con la caravana. Los hechos empiezan a fraguarse a favor de los personajes y no sabemos durante todo el tomo si esto durará demasiado. Algunos llevan a cabo su venganza. No hay piedad cuando se vuelven las tornas. Kirkman nos demuestra que no estamos tan solo ante un cómic de acción y de terror. No. Lo peor está en el interior del ser humano, su comportamiento y la fuerza de la sociedad en la que cree. Después de varios mal tragos, todo vuelve a la normalidad, Rick se ha ocupado de eso. Pero en las últimas páginas, Rick decide celebrar una reunión entre la comuna que gobierna la prisión. Avisa al grupo: Ahora tienen dos enemigos fuera.
Estamos ante un cómic en el que la historia avanza con frialdad. Todo se va volviendo más gris si cabe. El paso del argumento se vuelve más lento pero más intenso. Da la sensación de que muchos de los personajes están a punto de explotar. Y ese desasosiego pasa al lector. El cual sí que lo está, porque se pregunta una y otra vez cuando volverá a tener entre sus manos el próximo número…